Salimos del bar y nos metimos por la Avenida Ramos Mejía hasta Padre Mújica. Caminamos unas cuantas cuadras y entramos por un pasillo, al costado de unos contenedores, y de ahí al laberinto. Me jacto de tener buen sentido de la ubicación, pero en las villas me pierdo como si nada. Las fachadas me parecen todas iguales, no puedo diferenciar una casa de otra, y eso es fatal para orientarse. Caminamos un buen rato hasta que vimos que los pendejos se metían a un almacén con mesas de pool. Nos pidieron que esperáramos afuera. Esperamos un rato, lo que nos duró un cigarrillo a cada uno. Los pendejos salieron con dos chicas, una morocha y una rubia teñida, petizas, y bastante feas, pero con un culo impresionante cada una. Las saludamos con un beso y nos fuimos los seis, derecho por una de las calles internas de la villa. Por fin llegamos a lo de Vicente. Entramos y vimos que había bastante gente. Vicente vive en la villa como si fuera un magnate, cosa que al perecer es. Da mucho trabajo, paga protección, a los fines prácticos es intocable. Nos saludó como a viejos amigos y nos invitó con algo para tomar. La habitación a la que pasamos era una especie de sala de estar gigante construida recientemente, con las paredes todavía con el fino y sin pintar. Alrededor de una mesa redonda estaban sentados los muchachos que trabajan para Vicente. A dos de ellos los conocía de antes: Cebolla Nardi, un experto en trafico de semillas de todo tipo: canabis, opio, amapola, hachis; y Lija Chamorro, un transa de la Paternal, amigote del Turco Abud. Es terrible como todos estamos vinculados y relacionados de alguna manera. A los otros, Vicente los presentó como la banda anti yuta, eran los que se encargaban de hacer lo que el mismo Vicente definió como Inteligencia de entre casa. Tenían un par de agentes arreglados que batían si se iban a hacer allanamientos y otros procedimientos policiales.
Estaban jugando al truco por plata. Las dos chicas que habían venido con nosotros pasaron directo a una piecita que tenía Vicente al costado de la sala en la que estábamos. Dos de los de la banda anti yuta se levantaron y pasaron con ellas. Cebolla y Lija tomaron sus lugares en la mesa de truco, y también los dos pendejos que nos habían llevado. Toronja, Vicente y yo pasamos a un cuartucho húmedo de piso de tierra apisonada. Allí tenía Vicente la mercadería. Preguntó cuánto quería de skunk. La droga estaba envuelta en paquetes de nylon cubiertos por otras bolsas negras como de consorcio. Toronja tenía un bolsón negro. Ahí metió los paquetes que Vicente le fue pasando. Era mucha marihuana, si nos llegaban a agarrar con eso encima, no comeríamos unos cuantos años. Eso es algo que me jodía bastante, pero ya estaba en el baile, y no podía salirme. Lo que me quedaba era ver que todo se hiciera correctamente y que no hubiera ningún problema. Toronja le dio la plata, Vicente la contó, y fin de la operación. Por el momento todo iba bien. Intercambiaron teléfonos para una futura compra, y salimos del cuarto. Vicente nos ofreció un poco de la yerba, para que la probáramos y supiéramos de su buena calidad. Nos explicó que era un híbrido, dulce, potente y sinergético, una variedad que estaba experimentando y que salía mucho. Yo no acostumbro a fumar, pero estaba un poco nervioso, tendríamos que cruzar toda la villa con unos cuantos quilos encima, y llegar hasta el auto, para ir hasta casa a buscar a la rubia y que los dos siguieran su camino. Parecía fácil, pero las cosas no siempre los son. Nos quedamos un rato más en la casa de Vicente. Se ofreció a llevarnos él mismo en su land rover hasta el estacionamiento, por lo que le aceptamos el faso y unos cuantos vasos de whisky importado. Nos tranquilizamos y estuvimos hablando un rato de boxeo y de drogas. Era un gran conocedor de ambas cuestiones. De la villa salen drogadictos y boxeadores a cada rato, las dos cosas son un muy buen negocio, si se las sabe llevar. Nos dijo que anda con ganas de representar un par de pibes que había visto pelear, pero por el momento no puede dejar lo otro, tiene unos cuantos compromisos que no se lo permiten. Estábamos hablando lo más tranquilos cuando escuchamos unos gritos que salían del cuatro en donde estaban las chicas atendiendo a dos de los muchachos. Salió uno de ellos agarrándose el bulto, diciendo que una de las putas le había mordido la pija. Vicente se metió en el cuarto y vio lo que todos vimos cuando lo seguimos, una de las chicas estaba en la cama, toda ensangrentada, con el rostro destrozado, la otra estaba en una silla, inconsciente, atada y amordazada. El otro tipo estaba en un rincón, con la goma todavía hinchándole las venas, y con la jeringa colgando del brazo, totalmente dado vuelta. Vicente salió del cuarto, agarró al que tenía la pija sangrando, y lo re cago a patadas. Se lo tuvimos que sacar porque si no lo mataba.
Cuando la cosa se calmó, nos pidió mil disculpas, le dio la llave a Cebolla y le pidió que nos llevara hasta donde estaba el Auto de Toronja. El skunk me había pegado durísimo y estaba totalmente atontado. Llegamos al auto y nos despedimos de Cebolla. Pagamos el ticket del estacionamiento, Toronja metió el bolsón en el baúl y fuimos para mi departamento.
La casa era un bardo, música a todo lo que da, gente que iba y venía, botellas por todas partes, todo tirado. Lo primero que hice fue echarlos a todos. Uno me quiso prepotear y lo saqué al pasillo de los fundillos del culo , bajó las escaleras rodando. Después de eso todos bajaron tranquilamente, viendo que hablaba en serio. Toronja me pidió mil disculpas y se fue con el malón de gente. Le dije que estaba todo bien, pero quería estar solo, que entendiera que no me puedo dar el lujo de tener a desconocidos en casa. Por supuesto que entendió perfectamente lo que le decía y se fue sin rencores.

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