martes, 23 de septiembre de 2008

Apercat Gutierrez- Entrega veintinueve

Tenía que dejar el auto en una concesionaria en la ruta. La cosa era simple, como casi siempre. Dejaba el auto y listo. Pregunté por el tipo al que tenía que ver. Tuve que esperar un rato. Encendí un cigarrillo y me entretuve viendo los autos y los camiones que pasaban por la ruta. Me puse a jugar con un boxer que andana dando vueltas por el lugar. Era grandote, su cara chata intimidaba pero era amistoso y juguetón. Estuve un rato tirando un palo que me traía. Al rato apareció un tipo alto y flaco. Se presentó como Vinilo Rocasalvo, efectivamente era el tipo que me había descrito Torrencio. Le di las llaves y un folio con los papeles del coche. Llamó a un tipo de mameluco que estaba en un galpón y le pidió que llevara el coche al taller y que lo limpiara.
Me preguntó si tenía que ir para el centro, él estaba por salir. Le dije que con que me alcanzara hasta la terminal estaba bien. Fuimos charlando de todo un poco, del tiempo y esas cosas. Me dejó en la terminal y me dio una tarjeta en donde figuraba su nombre y un celular. Me dijo que lo llamara si andaba por la zona, Torrencio le había dado referencias mías. Dijo que siempre salía algún trabajo con la capital, que en una de esas yo le podría ser de utilidad. Me dejó sobre la avenida Mitre, frente a la terminal de ómnibus. Eran las dos de la tarde. Saqué pasaje para las siete y me tomé un taxi hasta la cárcel. Papito no estaba, lo habían trasladado al penal de Sierras Bayas. Uno de los carceleros me explicó que hacía un mes había habido una revuelta con toma de rehenes y que las autoridades decidieron el traslado de algunos de los implicados. Uno de ellos Papito. Él había entrado por lo del auto, pero adentro se le habían complicado las cosas y se le adjudicaban un par de muertes. Todavía no tenía condena y ya se echaba encima más quilombos por lo que purgar. Se iba a comer un tiempo más. El carcelero era de Olavaria, y me dijo que él lo conocía. Y que tenía un primo de trabajando en el penal de Sierras Bayas. Se ofreció a llevarle lo que yo tenía para él: los cartones de cigarrillos y la ropa. Perdido por perdido, le dejé el paquete. También le escribí una carta a mano alzada y la incluí en el paquete. En la carta le mandaba saludos y le daba mi número de celular, para cualquier cosa que necesitara. Me fui un poco triste. Las cárceles siempre me bajan el ánimo. Son como una temible amenaza. Siempre que estoy cerca de una cárcel me prometo hacer las cosas bien. Hasta ahora estoy afuera. Toda una proeza, moviéndome en el mundo en el que me muevo. Almorcé a eso de las tres y media de la tarde en un bar frente a la plaza San Martín. No conocía a nadie en la ciudad así que caminé sin rumbo. Mucho pendejerío en las calles, mucha moto, mucha bicicleta. Iglesia, comisaría, hospital, escuela, municipalidad y comercios. Todo cerca, a mano, todo funcional. Los domingos que traspasan de lado a lado la semana. Insoportable repetición exacta de los días sin sorpresa ni variación.
Siempre me han gustado las ciudades chicas. Me transmiten paz y tranquilidad. Ni loco podría vivir en un lugar así. Pero cuando me toca pasar de vez en cuando me gusta salir a caminar y preguntarme cómo sería mi vida en un lugar así.
Me aburriría como un hongo y también me cagaría de hambre. ¿Qué podría hacer? Dios está en todas partes pero atiende sólo en la capital. Hay que estar dónde pasan las cosas, aunque se al menos para verlas pasar y poder lamentarse de ello. Caminando se me hicieron las ocho, así que agarré para el lado de la terminal. Me tomé un café en el bar, me fumé un par de puchos, y dejé que el tiempo pasara tranquilamente. Perros flacos rascandose las pulgas, valijistas y encomenderos, locos, vagos, paisanos aburridos en bicicleta, que van a la terminal a charlar un rato, a ver quién llega. Los altoparlantes gastados amplificaron la voz lejana de una mujer que anunció que la unidad 305 de la estrella estaba arribando a la plataforma número tres. Ese era mi flete. Subí y me senté contra la ventanilla. Estaba oscureciendo, quedaban algunos saludadores. El micro arrancó y fui mirando las casas, sus jardines, los patios. Por la avenida cerca de la rotonda que sale a la ruta iban dos mujeres negras cargando bolsas de supermercados. Estaban por cruzar la ruta. Irían a alguno de los bares que de noche se transforman en cabaret. Dos dominicanas posiblemente, dos putas domingueando. Siempre me toca ver ese tipo de gente. O yo mismo me imagino que son ese tipo de gente. Siempre encuentro algo oculto, algo prohibido. O eso es lo que me parece.
Ya en la ruta vi terrenos en donde humeaba algo que desaparecía. La tranquilidad intacta, quieta, detenida que avanza imperceptiblemente hacía la vejez, hacia la muerte.
La pampa y sus árboles, sus montes, sus vacas desperdigadas y aburridas.
Color verde de una libertad ajena. Distintas tonalidades, variaciones de naranjas y rojos, y ocres. El cielo intangible la pampa húmeda oxidada. Bolsas de nylon enredadas en alambres y pajas bravas. Cartelas con impactos de bala. La huella de la urbanidad acechando, carcomiendo. Dentro de unas horas estaría en Buenos Aires, cómodo en mi intransferible tristeza, en terreno conocido. Y a vivir yo mi propia abulia citadina.


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domingo, 21 de septiembre de 2008

Apercat Gutierrez- Entrega veintiocho

La otra tarde me cambiaba para salir, me estaba poniendo las medias, me dio una puntada en la espalda y quedé duro. El cuerpo ya me empieza a pasar facturas. Es increíble como pasa el tiempo. Hasta hace poco yo era un toro salvaje y ahora resulta que ya me tengo que estar cuidando de hacer algunas cosas. Los achaques de la edad: migrañas por la mañana, dolor de huesos en las manos, los meniscos jodidos.
También un poco lo empecé a notar con las minas. Ya no soy el que era. Ahora un polvo, a lo sumo dos, y ya me quiero dormir. Los años me empiezan a pesar. Cambio experiencia por vitalidad. La experticia y el conocimiento son algo que también se valúa en el mercado de la seguridad. No sólo se necesitan fuerzas de choque, carne de cañón. También se emplean cabezas pensantes que sepan cómo administrar la violencia. En eso estamos. Me he sabido mover. He tenido siempre buenos trabajos. Hace un tiempo estaba en la mala, pero han ido apareciendo cosas que pueden resultar interesantes. No me quejo. Las relaciones establecen un flujo de posibilidades, sólo hay que estar atento y saber elegir.
Nunca gusté de las cabalas, no creo en la suerte, sólo en la acción, y en la planificación. Pero bien sé que no hay planes seguros. Las cosas a veces pueden salir para la mierda. Por eso hay que saber adaptarse a lo que venga. Se trata de permanecer con vida. La verdadera suerte está en mi ancho de hombros. Eso siempre me ha ayudado a sobrevivir al trabajo, que es lo fundamental.
Todos los días estoy metido en situaciones límites en dónde un pequeño error puede desbaratar la propia vida.
Empecé de muy pendejo en esto, casi al toque que me bajé del ring. El boxeo me ordenó las emociones. Hizo que supiera medir mis fuerzas y controlar mis movimientos, mis acciones. Supe manejar las energías para no llegar cansado al final de los rounds. Eso me lo enseñó mi tío una noche, viendo una pelea de Monzón. Me mostró la táctica que usaba él. Cansaba a sus oponentes, les castigaba los brazos para que se cansaran. Ganaba por agotamiento. Era un tipo inteligente, que sabía administrar tanto su fuerza como su destreza.
En esta vida que llevo no hay nada seguro. Mañana mismo puede ser que muera. Así vivo, así me tengo que tomar la vida. Tantas veces creí tener al rival en el bolsillo, y terminaba con la trompa hinchada y con el culo en la lona. Es absolutamente necesario saber cuándo replegarse. No sólo hay que aprender a caminar hacia delante, sino también hay que saber recular, y tirar manos en retroceso. La insistencia lo es todo, pero siempre dentro de los límites estipulados. Si se está perdiendo en las tarjetas, hay que cambiar de táctica y salir a buscar la palea, pero con solvencia y tranquilidad. La desesperación es lo peor que le puede pasar a un peleador. Siempre hay que mantener la calma. Sino se está frito. He perdido peleas de manera inexplicable. Porque las creía ganadas de antemano. A veces hay movimientos fortuitos, golpes certeros que dan con el derribo tan esperado. Pero no siempre es así. Generalmente hay que dar y dar y dar, mantenerse entero hasta el final. Lo insólito de todo esto es que existe la técnica, el entrenamiento, pero también el culo. Tirar una mano y embocarla de ojete. Contra eso no hay con qué darle. Pero no siempre pasa. Es mejor ser bueno en lo que uno hace. Entrenar y estar siempre aprendiendo algo nuevo. Yo he aprendido mucho de la observación, que es un gran recurso. Me muevo mucho entre tipos bravos. Bien plantados.
Espero no terminar en una garita, todo el día sentado, escuchando radio, verde de tanto mate. La vida del de seguridad es bastante aburrida. Somos como una sombra detrás de los que pagan para que se los proteja. En verdad los protegidos se deben sentir menos hombres, por tener que pagar para que se los proteja. ¿Pero me siento menos hombre cuando le pago al médico o al abogado para que hagan algo que yo por las mías no puedo hacer? No puedo explicarlo, pero no es lo mismo. Un hombre que no puede protegerse a sí mismo, y que no puede proteger a su familia, no es un hombre. Eso es lo que yo creo. Ellos pagan y se los protege. Desde atrás, sin mirarlos a los ojos, sin hablarles. La servidumbre de la seguridad. Es una de las primeras cosas que hay que aprender para trabajar como fuerza de seguridad. Uno debe no sólo desaparecer, tiene que no existir, salvo cuando las papas queman.
Cuando alguien contrata seguridad pretende no tener ningún tipo de problemas.
En algunos lugares al personal de seguridad se le prohíbe hablar con la gente, alternar con los demás empleados. Eso hace que se tenga mucho tiempo para pensar. El personal de seguridad tiene que aprender a desconfiar de todo el mundo. Ese es el trabajo: no confiar en nadie, potenciar a todo el mundo como una posible amenaza y estar dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de proteger a los que pagan. La versión extrema son los granaderos. Firmes, inconmovibles. Yo de todos modos no gusto de lo marcial. Los militares son un poco payasos. Sus floreos de ganso, su prejuicio almidonado tienen muy poco que ver con la gente como yo.
Estoy un poco deprimido últimamente. Hace como una semana volví de un viaje. Torrencio me había mandado para que le llevara un auto a un tipo de Azul. Yo sabía perfectamente que el auto no era lo único que tenía que darle al tipo. Algo habían metido en el auto. Nunca pregunto demasiado. Mejor no saber. Aproveché el viaje para ver a un viejo amigo que está en la penitenciaría de Azul. Papito Zumeta. Hacía varios años que no lo veía. Antes solíamos cartearnos, pero yo dejé de contestarle y me sentía en falta. Compré unos cartones de cigarrillos, y le llevaba algo de ropa. Seguro que le haría falta. Papito era un walter de una plasticidad envidiable. Yo lo había descubierto en unos matchs que había ido a ver a Azul. En esa época estaba intentando promocionarme como representante de boxeadores. Papito era bueno. Pero se cagó la vida y medio que un poco también me la cagó a mí. Lo tenía colocado en un gimnasio de la capital, y ya le había arreglado una pelea para lanzarlo como profesional. Esa noche que lo vi pelear en Azul fue estupenda. Yo estaba empezando a viajar a las peleas en los clubes de provincia, para ver si encontraba pibes con futuro. Tenía muy buena técnica, algo muy difícil de encontrar en púgiles todavía verdes. Peleaba reconcentrado, metido en la pelea, sabiendo lo que hacía. Tenía buenas aptitudes, buen juego de piernas. Excelentes combinaciones de golpes. Era un boxeador con rodaje, con claridad y estilo propio. Una verdadera promesa. Yo me salía de la vaina por charlar con él. El otro tampoco era un paquete. Los dos dieron un buen espectáculo, pero Papito sobresalía. Sabía resolver en corta distancia. Tiraba golpes curvos muy duros que estrellaban en la cara del otro. Era meticuloso. Lo trabajaba tranquilo, sin desesperarse. Era paciente. En el cuarto round, lo agarró en seco y lo hizo tocar lona de un planazo en la mandíbula. Los dos pendejos destilaban adrenalina pura. Se trabaron en un mano a mano, pumba y pumba, meta y meta, y el otro volvió a caer. Cuando se paró, después de la cuenta a ocho, lo marcó con la izquierda durante lo que quedaba del round. En el quinto Papito se arrebató y casi pierde la pelea. Cerca del final del round, el otro le calzó un gancho al hígado que por poco lo deja fuera de combate. Lo salvó la campana. Si se lo trabajaba bien, si se le impartía disciplina y técnica, podía llegar a campeón. Tenía velocidad y certeza, casi no marró ningún golpe. Calculaba cada mano que tiraba. El otro no era malo, pero Papito tomó el protagonismo durante toda la pelea. Ya estaba listo para pasar al plano rentado y yo me iba a encargar de que así fuera. Muchos pibes descollan en la calle, pero en el gimnasio no tienen disciplina y eso se nota en el ring, y en los resultados. Pero Papito era distinto. Se lo podía sacar bueno. Pero tenía problemas economicos, una mujer y dos hijos. Muchos de estos pibes son ansiosos, están desesperados por la guita y no saben esperar, se arrebatan. Esa ansiedad les impide usar la cabeza. El pelotudo cayó en cana por robar un auto al mes de que yo lo conociera. Ya tenía todo arreglado. Iba a esperar un par de peleas y trataría de hacerle firmar contrato con Torrencio. Yo sería su representante. Me cagó el estofado. Después de eso un poco me desanimé y empecé a agarra los laburos que Torrencio me tiraba. Y acá estoy.


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Apercat Gutierrez- Entrega veintisiete

El Loco después de darme las últimas las instrucciones sobre el auto me dijo que yo no me preocupara por nada, que la cosa iba a ser muy fácil. Ninguno de los tres autos que participaban estaba mejor preparado que el camaro. Calculo que me habrá querido dar ánimos, pero sus palabras me intimidaron aún más. Este tipo de persona cuando habla parece estar dando órdenes terminales. En su modulación está la seguridad de lo que son capaces de hacer si las cosas no salen como tienen que salir.
Esa noche no sólo había autos del estilo del camaro, como chevrolets, torinos o valiants. Había Fiats 128, Volskwagens Gol, Peugeots 504, Renaults 18, Fords F 100, Escort y Ka; también había unas cuantas motos, que son además las que sirven para custodiar y avisar si aparece la cana, además de participar también en las picadas. Había una Meel LG 150, una Honda CG 125, unas Zanellas RX 150, una Wabell NF100, y otras que no pude identificar.
Todos, autos y motos bien pisteros. Con cuentavueltas. Algunos autos alcanzan velocidades entre los 220 y los 240 kilómetros por hora. Y las motos a veces un poco más. Todos detrás de la emoción emancipadora que les da la velocidad. La caravana del peligro al borde de la ilegalidad.
Me subí al auto y empecé a dar unas vueltas para calentarlo, tal y como me había sugerido Sagio que hiciera. Parecía que estaba montado sobre un toro. Cada acelerada era un bufido estremecedor que hacía temblar toda la carrocería. Yo no soy muy fierrero pero sabía perfectamente que estaba subido arriba de una máquina tremenda, con una potencia infernal. No me sentía con la capacidad suficiente como para soportar el brío poderoso. El motor sonaba como si fuera un camión. El auto verdaderamente me contagió su energía y me sentí por primera vez capaz de ganar la carrera. Cuando volví a la zona de picadas, los tres autos que iban a correr estaban estacionados en línea, como esperándome. Me acerqué a ellos y el chevrolet me hizo señales de luces. Le respondí de la misma manera, haciendo parpadear las luces. Se puso en marcha, el chofer sacó un brazo y me hizo señas como para que lo siguiera. Ya estaba todo dispuesto. Había llegado el momento de la verdad. Me puse a un lado del chevrolet. A mi derecha estaba el dodge polara, y al extremo el falcon. Los cuatro aceleramos a fondo. Un tipo que tenía una bandera se acercó y nos dijo que la carrera sería de ida y vuelta, que el mismo lugar de la largada era el de llegada. Nos deseó suerte y nos dijo que a la bajada de bandera se largaba. Caminó unos metros delante de las trompas de los autos. Había una tensión que hacía rato no sentía. De alguna extraña manera sentí lo mismo que cuando me sacaban el banco y sonaba la campana del primer round. Arrancamos. Era una recta de unos mil metros, eso es lo que me había avisado el Loco. Diez cuadras de ida y diez de vuelta. Me coloqué en segundo lugar. Adelante iba el chevrolet, atrás el polara y el falcon. Los cuatro autos caminaban bastante parejos. La carrera estaba para cualquiera. No lo podía creer cuando miré el velocímetro: 180 y subía. No podía dejar que se me alejara el chevrolet, así que lo pisé más. Usaría el nitrógeno a la vuelta. El falcon quiso hacer una maniobra para metérsele al dodge, pero tuvo que clavar las guampas porque casi se estrola contra el guardaraid. El dodge se me puso mano a mano, trompa con trompa. Pude ver al piloto, un gordo rapado a cero que sonreía con malicia. Lo pisé a fondo y evité que me pasara. El chevrolet seguía adelante y se alejaba cada vez más. Cuando quise acordar ya estaba pegando la vuelta, casi paso de largo, desaceleré y se me metió por el costado el polara. Una cagada, tendría que recuperarme porque sino se me iban a escapar los dos. Me le chupé al polara, ya estaba por metérmele por un espacio que me había dejado libre a su derecha cuando escuché detrás unas sirenas. Tres autos civiles con sirena al techo. No sabía que hacer, no sabía que se hacía en estos casos. Vi que el chevrolet aminoraba y se metía por una bajada, mientras que el del polara seguía derecho y desaparecía. Pasé por la línea de llegada y ya casi no quedaba gente de a pie. Un gran alboroto y corridas, una gran dispersión de autos. Me metí por una calle transversal. Tenía pegado a uno de los autos de la cana. Pude haber parado, pero me imaginé que al Loco no le gustaría nada que le incautaran el auto, entonces aceleré a fondo. Era imposible que me agarraran con un auto preparado. Por lo que escuché después, generalmente en los operativos de control no usan patrullas, porque en los alrededores siempre hay gente vigilando que no se acerque ningún policía. Tenía que meterme en una avenida y poner el auto al taco para perderlos, si seguía en calles normales me podrían taponar con otro auto y cagarme. Agarré Cabildo, el auto casi me tocaba el culo. Había dos canas adentro. Pasé tres semáforos en rojo. Por el retrovisor vi como se quedaban atrás, casi chocaron con un colectivo, me metí por un par de calles y los perdí. Enfilé para el taller del Loco, quería guardar el auto cuanto antes. Todavía no sabía si había ganado el dodge o si se suspendía todo. Necesitaba un par de tragos y que alguien me aclarara las cosas. Estaba asustado, si me agarraban todo se iba a complicar. Llegué al taller, el portón estaba cerrado. Una cagada si no había nadie. Yo no tenía el teléfono del Loco. Qué iba a hacer con el auto toda la noche. Pensé en meterlo en una playa y esperar para ver qué hacer. Por suerte estaba Sagio, que me abrió el portón para que metiera el auto. Fuimos a la oficina. Estaba tomando whisky y mirando televisión. Me ofreció un vaso y por fin pude sentarme y relajarme un poco. Le conté lo que había pasado. Me dijo que estaba al tanto, el Loco lo había llamado para avisarle que seguramente yo pasaría, que él en un rato se iba a aparecer. La carrera se había suspendido. Nadie gana cuando hay desparramo. Respiré aliviado. Estuvimos hablando de autos. Me contó la historia del camaro que corrí. Había caído al taller hacía unos años. De solo verlo el Loco le pidióque lo preparara.. Sagio hizo un muy buen trabajo. El auto lo habían llevado para desarmarlo y venderlo por partes. Sagio reconstruyó la carrocería. Había conseguido piezas originales. Todo lo que le había puesto era original de fábrica. Después, claro, hubo que hacerle arreglos para que alcanzara mayores velocidades que las que puede alcanzar un camaro común. Estaba orgulloso de su trabajo. Le dije que el auto verdaderamente era algo especial. Lo sentí rugir y me contagió una energía poderosa. Al rato cayeron el Loco, Orilla y la Chata. Mortadela y Carnaza se habían perdido por ahí. El Loco vino directo a mí, y me felicitó por la prestancia y la buena predisposición. Le dije que no me había dejado mayores alternativas. Se cagó de risa y me dijo que nunca hay demasiadas alternativas. Y tenía razón. Había sido una noche con muchos sobresaltos, una noche distinta, en la que había aprendido bastantes cosas. Eso siempre es bueno. Me dijo que al otro fin de semana iban a haber otras picadas callejeras, que si me interesaba estaba invitado, esta vez sólo como espectador.
Todo terminó bien. A veces tengo un culo que no me explico. En tantos quilombos que ando metido y casi siempre caigo bien parado. Tal vez no sea suerte, sino destreza. Un poco tengo que creérmela. He salido de tantas. Me la han dado varias veces también, pero siempre salí entero, bien parado. Un poco maltrecho pero al tiempo me recupero. No dejo que nada me deprima. Hay que pegarle siempre para adelante, pase lo que pase. Con esta gente si me amilano estoy muerto.


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miércoles, 17 de septiembre de 2008

Apercat Gutierrez- Entrega veintiseis

Capacho se dedica a la compraventa desde los trece años. Fortunato se dedicaba a lo mismo en Entre Ríos, en donde vivieron unos cuantos años, hasta que se le murió la madre, y como es su costumbre, emigraron para otro lugar. Fortunato se estableció en las cercanías de Morón, y ahí viven desde el noventa y siete. Hace mucho que Fortunato abandonó la práctica de la profesión y se dedica a otras cosas. El negocio quedó a cargo de Capacho. Fortunato es el encargado de administrar la comunidad en la que viven. Se dedica mas que nada a resolver los problemas que surgen en la convivencia entre tanta gente. Entre los gitanos no existe ni la policía, ni la cárcel ni los manicomios. Tienen una justicia propia que se llama Kris. Todos están sujetos a la justicia gitana. Si no se la respeta se está aislado, y desprotegido. Yo caí una tarde, hace un par de años, justo cuando Fortunato estaba tratando de resolver un problema bastante grave para ellos. Una de las hijas de un sobrino suyo, Ruperto Manarde, se había escapado con un criollo. Es cosa sabida: si una gitana se casa con un criollo se gana el repudio de toda la comunidad. Claro que los tiempos han cambiado. Para toda ley hay una trampa. Escaparse suele ser el recurso de muchas gitanitas rebeldes que gustan de criollos con los que se quieren casar. Se escapan, pero generalmente regresan y ya nadie puede decirles nada y aceptan al criollo dentro del seno de la comunidad. Tratan por todos los medios de absorber al criollo y no que la chica se les vaya a vivir afuera. Esa tarde estaban todos como locos. Un gitano enojado no es fácil de llevar. Todos portan armas, y saben usarlas, es algo ancestral, sus antepasados eran cazadores. Estaban organizando una partida para ir a buscar a la hija de Manarde. Fortunato me pidió que los acompañara. Había que ir hasta unos edificios de departamentos en las cercanías de San Miguel. Fuimos en el colectivo de Manarde. Éramos como siete. Estaban muy enojados, principalmente Manarde. Ya la tenía prometida a un gitano de otra comunidad. Pero sus sueños de casamentero se estaban derrumbando. Fortunato comandaba la cosa, y todos respetaban su consejo. Llegamos al lugar y empezamos a preguntar por un tal Morcilla Barceló, que supuestamente era quien tenía a la gitanita. Manarde estaba enloquecido. Le recomendé a Fortunato que le quitara el arma que tenía calzada en el cinturón, y que no lo dejaran solo en ningún momento. Conozco perfectamente los desastres que puede hacer la calentura. Una viejas nos dijeron que Morcilla vivía en el cuarto C de la torre siete. Yo me quedé con Manarde y con otros dos: Rene Sarramone y Pascual Sarmoria. Fortunato le pidió encarecidamente a Manarde que se quedara abajo con nosotros, que él iría a hablar con los jóvenes. Estuvimos como media hora, hasta que vimos bajar a Fortunato, a Capacho, a la gitanita y al Morcilla. Manarde empezó a insultarlo, y Morcilla no se quedó atrás. Casi de desconcha todo, pero Fortunato sabía controlar ese tipo de grescas. Había hablado con los muchachos y llegaron a un arreglo. La propuesta era que se casarían y que Morcilla se uniría a la comunidad y también pagaría la dote como cualquier gitano. La hija le pidió llorando que no la separara de Morcilla, que se querían en serio. Manarde aceptó a regañadientes. La boda se haría en un par de semanas. Volvimos todos en el colectivo de Manarde. No le sería fácil acostumbrarse a la idea, pero no tenía más remedio. Los tiempos cambian y no queda más que resignarse y aceptarlos. Estuve invitado a la boda, por supuesto. Duró una semana. Un verdadero jolgorio. Los gitanos tienen mala fama. Pero al menos los que yo conozco son buena gente.
Capacho me hizo una muy buena rebaja aquella vez del problema de Manarde. Le compré un wolskvagen polo verde, a muy buen precio. Yo le había entregado un peugeot 307 bastante complicado de papeles. El negocio de algunos gitanos consiste en comprar autos usados con mucha deuda de patente. Los dan de baja y los llevan a otras provincias, donde les hacen chapa nueva. La deuda no salta. Los traen de regreso a Buenos Aires y los venden. Un negocio redondo. Hacen buena diferencia.


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Apercat Gutierrez- Entrega veinticinco

Desde el accidente de mis viejos yo desconfío de los autos. No me gustan para nada. Si los uso es por necesidad. Cambio de auto bastante seguido. Nunca me ato a nada, mucho menos a un coche. Si por mí fuera no tendría, pero para los trabajos que hago es necesario. Generalmente trabajo con autos de otros, pero de vez en cuando tengo que poner el mío. Es por eso que nunca conservo un coche más de un año.
No me gusta que me puedan identificar por el auto que uso. Hay épocas en las que vendo el coche que tengo, y guardo la plata. Al tiempo, si es que lo necesito, me compro otro. Siempre algún usado, que haya pertenecido a uno o dos dueños anteriores. Si es posible no los pongo a mi nombre, falsifico el 08 o directamente no hago la transferencia. Conozco un par de escribanos que me autentifican los papeles falsos y con eso me arreglo hasta que vendo. Conozco a unos gitanos que tienen un asentamiento a un costado de la autopista que va a Morón. En el carperío viven como cuarenta familias. Yo conozco a unos cuantos, pero cuando necesito comprar o vender un auto acudo a Capacho Nedich. Dice tener más o menos cuarenta años, pero su cara chupada acusa unos cuantos más. Es cabeza de una familia integrada por veinte personas más o menos. Son casi todos parientes: primos, tíos, abuelos, nietos, hermanos. La mujer gitana cuando se casa se va a vivir con los padres del marido. El padre siempre vive con el hijo menor. Y algunas familias se quedan con el primer hijo del varón mayor.
Los gitanos son nómadas ya de instinto. Los asfixian las paredes. El sueño del gitano es la carpa. Uno levanta la carpa y se va a donde quiere. El mayor orgullo de un gitano es tener una familia numerosa, linda y tranquila. Ansían vivir con la madre y con el padre, ser jóvenes, tener hijos casados y nietos. He tenido varias charlas con Capacho y con la gente de su comunidad. Me han invitado a unas cuantas fiestas: casamientos, cumpleaños de 15 y otras celebraciones familiares. En un tiempo Capacho tenía un hijo que parecía tener pasta para boxeador y me pidió consejo. Le conté cómo era el mundo del box, las complicaciones. Le expliqué todo lo que me había pasado a mí, y no quiso saber nada de meterlo al pibe en ese círculo. Los gitanos son muy celosos de sus costumbres. Si algo no les gusta, no lo hacen. Es un pueblo que nunca estuvo bajo el yugo de nadie, por eso no tienen ni patria ni bandera. Nunca han sido esclavos. Por supuesto que son cerrados y conservadores, pero qué comunidad no lo es. Son extremadamente machistas, y las más férreas en el cumplimiento y la manutención del dominio masculino son las gitanas. La mujer gitana es muy sufrida. Están todo el tiempo a disposición del hombre. Le sirven, le dan todo servido: cocinan, limpian, planchan. La sociedad gitana está regida por leyes morales y sociales estrictas que se pasan de padres a hijos por tradición oral. La raza misma se transmite por vía paterna. Las gitanas no se cortan el pelo casi nunca. Un pelo corto es la antitesis femenina. Usan trenzas largas, enaguas y polleras de gasa hasta los tobillos. No pueden usar pantalones. Tienen prohibido mostrar las piernas, pero se desquitan con los pechos. Usan corpiños siete talles más chicos así todo desborda. Y generalmente llevan pañuelo al pelo. La vestimenta es su bandera, su manera de identificarse entre ellos, y también de distinguirse del resto.
Todavía se celebran matrimonios en que los novios se conocen el día de la boda. Esto ya no pasa tan a menudo, pero según Capacho, todavía hay casos. El gitano cuida mucho de la honra. El mayor anhelo es que la hija llegue virgen al matrimonio.
Las mujeres más viejas son las que dicen si la novia fue virgen o no. A veces entran a la habitación donde se consumó el matrimonio para retirar la enagua de la novia. Las mismas viejas echan alcohol de quemar a la enagua para que florezca aún más la mancha de sangre, si es que la novia se había conservado virgen. Las que no, son diferenciadas porque no pueden usar pañuelo en la cabeza. Las reglas se han ido acomodando a la contemporaneidad, pero aún se conservan algunas normas estrictas que hacen respetar a raja tabla. Hoy en día la virginidad de una mujer gitana sigue siendo un valor de peso. Porque no es lo mismo pagar la dote por una virgen que por una impura. El monto de la dote lo decide cada grupo y puede pagarse con dinero, monedas de oro o el equivalente en algún material.
Estando entre ellos se ven cosas que extrañan. Pero todo tiene su explicación. La mujer casada no se puede bañar si está el suegro en la casa, porque es una falta de respeto. Lo mismo pasa si quiere ir al baño: tiene que esperar que el suegro se vaya. Tampoco pueden pasar por delante de un hombre, ni mucho menos tomar protagonismo en una conversación. En las fiestas los hombres y las mujeres están separados en distintos ambientes. Cuando llega el baile, jamás lo hacen entre esposos, los arrumacos en público son muy mal vistos.
Capacho contó que ellos dividen todo en puro e impuro. Marimé y spurcat significa impuro y no marimé o chisto, puro. El cuerpo humano de la cintura para abajo es marimé y de la cintura para arriba es no marimé. Cuando se bañan necesitan dos toallas para secarse, una para la parte pura y una para la impura. Después del parto la mujer y la criatura están marimé por lo que se acostumbra que permanezcan dentro de la habitación atendidas por la suegra durante cuarenta días. Aunque la cuarentena se reducido a diez días.
Fortunato se queja constantemente de la pérdida de las tradiciones. De que las nuevas generaciones son cada vez más débiles y propicias a la contaminación criolla. Decía que muy pocos jóvenes hablan el romanés. Ese es el idioma de los gitanos. Lo vienen arrastrando desde siglos. Su origen fue en la India, luego llegaron a Europa a través de Armenia, Grecia, Siria, Palestina y el sur de Turquía. Al principio se les llamó egiptanos, porque a esa zona de Turquía se le decía el Pequeño Egipto. Así mismos se llamaban el pueblo rom o rhom, que significa hombre que hace música. En la Argetina hay alrededor de trescientos mil gitanos. Hay tres grupos distintos en procedencia, costumbres e incluso rasgos: rusos, que pueden ser yugoslavos, griegos, soviéticos, húngaros, búlgaros, italianos o alemanes; rumanos, de Transilvania, Moldavia y Valaquia, y españoles andaluces.
Ellos dicen ser el pueblo olvidado de dios. Según cuenta una leyenda que le escuché a Fortunato Nedich, padre de Capacho, fue un gitano el que fraguó los clavos que clavaron a cristo a la cruz. Sobre aquel herrero y su descendencia pesa una maldición que es la que hace que el pueblo vague por el mundo sin tierra y sin descanso. Otra leyenda gitano yugoslava cuanta que al morir les espera un paraíso con extensos campos, montañas de truchas, bueyes tostándose en un asador y tres ríos de abundancia: uno de leche, otro de nata y otro de leche y manteca. Allí los gitanos sólo tendrán que estirar la mano para comer y beber. Sin embargo Fortunato me ha dicho que para el gitano no es fácil vivir en estos tiempos. Algunos viven holgadamente, tienen plata y propiedades, pero el verdadero gitano no está atado a nada material. Desde que salió hace mil años del norte de la india por causas desconocidas, el pueblo gitano no tiene ni un solo compendio de costumbres. Fortunato les enseño a sus hijos y a sus nietos que el gitano lleva pocas pertenencias para poder moverse libremente. No necesitan 500 ovejas, necesitan solamente una. Eso sí, allí donde se encuentren no debe faltar ni aceite ni sal, para que haya abundancia. Son extremadamente libres. Si alguien muere dentro del hogar, hay que vender y mandarse a mudar. Nunca hablan de sus muertos. Guardan dentro su recuerdo, hacen cruces para esquivar la mala suerte y a otra cosa.
Capacho siempre ha sido muy buena persona conmigo. Muchos dicen que los gitanos son peligros. Habladurías de ignorantes. Yo a Capacho ya le compré cinco autos. Le compro uno, al tiempo se lo vendo y me llevo otro, y así. Tenemos una muy buena relación comercial. Tienen un sexto sentido para los negocios. Claro que cuidan lo suyo como todo el mundo, y no dejan que se los cague. Han desarrollado una gran astucia, un gran oficio. Igual que los judíos y los turcos. Pueblos que trabajan con el comercio desde hace siglos. No les gusta trabajar para nadie. No tienen patrones ni socios. Se las arreglan solos. Entre ellos sólo basta la palabra para las transacciones. Con los criollos es distinto. No confían en los de afuera de la comunidad, del mismo modo que los demás no confían en ellos.


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Apercat Gutierrez- Entrega veinticuatro

El Loco iba a dejar que un desconocido se subiera a su auto. Me estaba probando. Se divertía con mi miedo. Quería saber hasta dónde era capaz se llegar. No podía achicarme, eso tal vez lo enojara aún más.
Estos tipos tienen cierta necesidad invisible que explota de repente y los lleva a traspasar los límites de la normalidad, si es que existen esos límites en alguna parte. Esa misma necesidad también se apaga, los sumerge en un pozo de sombras y les pega por la melancolía. Es áspero encontrarlos en esos momentos de sensibilidad. Se abren y cuentan las historias más increíbles. No se puede creer lo que han vivo. Algunos no llegan ni a los treinta y ya tienen vivencias extremas como para cuatro o cinco vidas. Tienen la piel bien curtida, por eso no le entran balas. Aunque a veces las balas traspasan sus corazas y los pulverizan en el aire como si nunca hubieran existido. Saben perfectamente que cada día puede ser el último y entonces viven con toda la plenitud posible. Se exponen cada vez más hasta que pierden la conciencia y se dejan pegar un tiro o se hacen meter en cana. La vida de ciertos hombres es corta pero intensa. Pueden destripar a un tipo y emocionarse hasta las lágrimas con insignificancias. Cuentan extasiados anécdotas de muertes tremendas y se quiebran hablando de la niñez o de la familia.
Subimos al coche de Carnaza, la Chata y Yo. Le dejé el asiento del acompañante a la Chata y me acomodé atrás. En el asiento había una revista dedicada a las artes Marciales Filipinas.
Me concentré en la revista, mientras Carnaza discutía a los gritos con la Chata, cuál era el mejor camino para tomar hasta la Lugones.
Un tal Guro Bob Dubjanin enseña a usar las categorías de armas del Olisi Balaraw, conocida como espada y daga o bastón, verdadero eje del arte marcial filipino. Las tomas son: dawat (recibir), agaws (desarmar), kunsi (inmovilizar), palisut (ejercicio tradicional de fluidez), kuntradas (ejemplos de contras frente a contras).
En la misma revista había un artículo sobre las distintas técnicas y tácticas defensivas para la lucha callejera real, con incorporación de defensa 360°.
Gente de temer. No todos son salvajes irracionales como muchos creen. Algunos de ellos entrenan, se informan, y se preparan. No es lo mismo una persona entrenada en algún arte marcial que una que sólo juega al fútbol cinco un día a la semana. Estos tipos tienen el temple y el conocimiento necesario para ser pesados realmente. Qué clase de loco aprende a usar espadas filipinas, las saca a la calle, y se carga dos o tres personas por mes. Yo soy un perejil al lado de estos tipos. Hay que ser pesado en serio para medirse con ellos.
Llegamos cerca del tramo de la Lugones, donde se correrían las picadas. Había unos cuantos autos tuneados estacionados en fila. El Loco Mario dejó que Orilla y Mortadela se ocuparan de bajar el auto. Me pidió que lo acompañara, me quería mostrar los autos contra los que tenía que correr. Habría algo así como veinte autos a 45°. Las picadas se harían de a cuatro autos. El camaro estaba anotado en la tercera carrera. Iba a correr contra un chevrolet impala del 62, contra un dodge polara del 69 y contra un ford falcón sprint del 82. El dueño del auto que ganara se quedaba con toda la plata, no había ni segundos ni terceros premios. No se me dijo cuánta plata había en juego, pero por la cantidad de tipos calzados debería haber unos cuantos miles. Yo estaba un poco nervioso, eso no podía negárselo a nadie, mucho menos al Loco que olía el miedo en el aire. Me llevó aparte y me dijo que me calmara, que tenía que correr tranquilo. Si hacía las cosas bien no había de que preocuparme. Le pregunté por qué arriesgaba la plata de esa manera, yo no era un piloto experimentado. Me contestó que con los autos preparados por Sagio cualquier idiota puede ganar una carrera.


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martes, 16 de septiembre de 2008

Apercat Gutierrez- Entrega veintitrés

A eso de las once de la noche cayó parte de la banda del Loco Mario. Eran cuatro, me los presentó. Carnaza Mercante, Orilla Pérez, Mortadela Machado y la Chata Ventura. Un grupo interesante. En el ambiente, se los llama la banda del chocolate. Le dicen así por la sangre.
Son polenta polenta, no se casan con nadie. Se agarren con los que se agarren las grescas terminaban siempre en un barrial de sangre. Les encanta enchastarse. Pinchan, cortan, tajean. Pocas veces usan armas de fuego. Tienen cuchillos, navajas, sevillanas, facas. Unos locos de mierda. No les importa nada. Son drásticos, no tienen freno. Están llenos de remiendos y de suturas. Son todos chorros. Cuando hacen sus trabajos, matan gente sin necesidad. Clavaban a cualquiera. Es una manera que tienen de marcar a sus víctimas. Me contó Sagio que usan toallas anudadas en una de las puntas. Meten hojas de gilettes en los pliegues del nudo. Así juegan entre ellos.
Esa noche estaban un poco caídos de ánimo. Hacía una semana había muerto Jeroglífico Pastor. Otro cuchillero reconocido. Lo habían emboscado entre cinco. Dicen que pinchó a dos, pero ellos estaban armados, le vaciaron tres tambores de 32 en el cuerpo. El cadáver apareció al otro día en la puerta del taller, adentro de su auto. Alguien lo había conducido hasta ahí, con el cuerpo de Jeroglífico en el baúl. Era un desquite por algo, por cualquier cosa. Hay muchos enemigos de los cuales cuidarse, mucha competencia también. Este tipo de personas terminan convirtiéndose en paranoicos que desconfían de todo el mundo. Orilla me contó que le decían Jeroglífico porque una vez había agarrado a un gordo con un tubo fluorescente. Le dibujó toda la espalda. Le fue rompiendo el tubo a medida que se lo clavaba.
Estaban borrachos. Según dijeron, hacía tres días que andaban de parranda, rindiéndole honores a Jeroglífico. El cuerpo todavía estaba en el taller y pretendían sacarlo a pasear. El Loco se los prohibió: el cuerpo se quedaría donde estaba. Al otro día lo iban a enterrar en las afueras. A la Chata se le ocurrió que me llevaran a mí a ver el cuerpo. No me pareció conveniente negarme, así que fui. He visto mucha muerte como para que me impresione ver un cadáver más. Pero es tan descorazonador ver a un tipo desfigurado por tantos agujeros de bala. Es un espectáculo horrible. Lo tenían en un freezer, en la cocinita del taller. Los cuatro entraron conmigo. Me convidaron de una botella y brindamos por Jeroglífico. Le hablaban al cuerpo, y se pusieron como locos, gritaban y juraban que iban a vengarlo. Yo no sabía qué hacer, estaba realmente desconcertado. Tenían mucha rabia contenida y en algún momento iban a explotar. El Loco nos dijo a todos que nos preparáramos, que en un rato había que ir yendo. El Orilla y Mortadela empezaron a cortar y peinar una piedra de merca. Me convidaron. La merca tenía mucho gusto a mierda. Se los dije, y se me cagaron de risa en la cara. Se la habían mejicaneado a uno de los repartidores de Boligoma Cremona, un tranza boliviano de la villa de Barracas. Se la había pasado su mujer en colectivo con otras mulas. Se las encanutan en el culo, por eso el gusto. La traen directamente de Bolivia. La carga generalmente viene en diez mujeres. Viajan separadas. Desde La Paz, Santa Cruz de la Sierra, Sucre o Cochabamba hasta Buenos Aires. Van haciendo escala en diferentes lugares. Para él es más barato y menos peligroso hacer ese trabajo de hormiga que montar cocinas, que son más fáciles de descubrir, tanto por la cana como por la competencia. Las rutas y los horarios varían cada vez. Los viajes se hacen cada dos o tres meses, según las necesidades y los pedidos. Las mulas también varían. Boligoma tiene montado una red logística. Se cuenta que llegó a meter treinta mulas en una misma partida. Estudia las rutas, cambia paradas y horarios. Desde Bolivia pasan por la frontera en colectivos de larga o corta distancia. A veces cruzan por Paraguay y de ahí a la triple frontera hasta San Lorenzo, Corrientes y Buenos Aires. No importa cuanto duren los viajes, el asunto puntual está en que nunca se sospeche de las mulas. Las camufla magistralmente. Utiliza menores con sus madres, embarazadas, lisiadas y hasta ancianas. La idea es que no parezcan mulas y que evadan todo interrogatorio. Según se sabe, muy pocas quedan pegadas. Las que son interceptadas saben que están solas.
El negocio de Boligoma es exitoso. Pero no es un tipo pesado. Esta preparado para absorber los robos. Eso es cosa sabida. Jamás se venga. Ahí está la fuga del negocio, no se cobra los robos, cosa que generalmente pasa entre las bandas de narcos. Se hacen respetar. El Loco le había ido a ofrecer hacía poco, seguridad a Boligoma, pero la había rechazado. Por eso los muchachos pusieron a un tranza suyo.
Esa merca enmierdada les cayó para el culo y a mí también. Empezaron a subir el tono, se insultaban entre ellos. Carnaza le pegó una cachetada a mano abierta a Orilla porque le había puteado a la madre. Sacaron cada uno un cuchillo y se trabaron. Nadie intentó separarlos. El mismo Loco Mario los vitoreaba. Se entraban fuerte y al cuerpo. Peleaban como cuchilleros. Nada de jueguitos, cualquiera de las puñaladas que entrara directo cortaría a cualquiera de los dos. Orilla tiró una estocada, carnaza se la pudo tapar con el pulóver que tenía enroscado en el antebrazo derecho, y le tajeó el brazo izquierdo a la altura del hombro. El Loco gritaba que quería chocolate, más chocolate. Orilla tiró dos o tres puñaladas seguidas al bulto, y Carnaza le picó la mano con un puntazo, haciendo que soltara el cuchillo. Ahí terminó la cosa. Se fueron abrazados y a los besos hasta el baño, a limpiarse la sangre para ir a la carrera. Sagio se quedaba, me dijo que me cuidara, que corriera tranquilo, el auto era una nave, solo tenía que acelerar a fondo. Correr en una picada no es tan difícil, sólo hay que apretar el acelerador y mantener la estabilidad del auto. Le agradecí sinceramente. Le habré caído bien o tal vez pensaba que eran mis últimos minutos de vida. Yo no soy de paranoiquearme. Sé controlar mi nivel de ansiedad. Transito todo paso a paso. Espero que algo suceda para accionar. Sé que no es recomendable, pero yo siempre espero que el otro lance primero el manotazo.
Orilla y Mortadela irían con el Loco en su auto, con el batán enganchado donde estaba el camaro que yo tenía que correr.


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