Un matón que no sabe pararse es una bolsa de papas. Es lo primero que miro cuando alguien se me planta delante: ¿cómo está parado? De ahí en más la cosa puede tener variantes inesperadas, pero si uno está bien adherido, si se tiene buen grip, es más difícil la volteada. No es imposible, siempre aparece uno mejor dispuesto, y bueno, las posibilidades son varias. Lo otro, es saber dominar los nervios. Estar tranquilo, no tirar zapallazos porque sí. Todo es cuestión de segundos, y entonces hay que aprovechar las oportunidades al máximo. Ya cuando se arma la rosca, hay que estar atento a los hombros del otro. Los hombros delatan milésimas de segundos antes dónde va a ir la mano. No es fácil. Todo está en el oficio que da la práctica y el entrenamiento.
Hay mucha gente que tiene buenas condiciones para la pelea, pero no pueden controlar el temblor de piernas, y eso es fatal. Los nervios son la peor cosa que puede pasarle a toda persona que pretenda pelear. No digo que no pueda eliminarse, pero es todo un trabajo. Porque hay algo que produce el temblequeo: el miedo. Muchas veces está tan arraigado que hay que extirparlo, arrancarlo de cuajo o dedicarse a otra cosa. El miedo básicamente tiene que ver con el temor al daño físico. Un peleador gusta del dolor y hasta lo disfruta. Se para frente a otro y está dispuesto a pegar duro, pero también a recibir golpes. En el judo lo primero que se enseña es a caer. En el box se aprende a pararse y a defenderse. Hay que saber soportar el dolor para luego producirlo.
Las transas se llevan a cabo en los lugares menos pensados. Hay sitios en los que es evidente que se cuecen habas, y se cuecen nomás. Pero hay tapaderas, puertas oxidadas que dan a salas vacías, monigotes parados las veinticuatro horas cuidando alguna cosa que el ciudadano común ni se imagina. De pronto aparecen tipos trajeados, con un bulto en el sobaco. Yo estoy acostumbrado a moverme en agua barrosa, soy pez de charco, bagre de alcantarilla. Y como yo, muchos, cada vez más. Es que últimamente casi todo se dirime de esa forma. La violencia y el apriete han llegado a lugares impensados. Se cierran negocios turbios en el centro, se reclutan un par de pesados, y asunto arreglado.
Torrencio tiene sus oficinas en pleno centro. Me tomé un café, esperé a que se hiciera la hora de la cita, pedí prestado el teléfono del bar, y avisé que ya estaba abajo. Me vinieron a ver dos muchachotes con un sobre. Nunca pero nunca te hacen pasar a sus oficinas. Siempre es así: un llamado en el que se indica hora y bar, y listo. Estas cosas y otras tantas se tratan en bares cercanos a sus oficinas. Yo no sabría señalar cuál es la dirección exacta de las oficinas de Torrencio. Si la cosa se pudre y me como un apriete de la yuta, no tengo nada que decirles, tan sólo soportar el dolor. En definitiva soy un mierda que no vale nada, y eso ellos lo saben muy bien: la yuta y los que me pagan. Por eso me llaman. El sobre tiene una foto, direcciones y horarios. Es un trabajo fácil. Una intimidación que no supone ningún peligro, o eso es al menos lo que parece de entrada. Veremos cuando se haga. Tengo una semana para concretar todo. Cuando se haga, llamo y cobro.
